Cuando te quitas una venda de los ojos es muy complicado volver a mirar igual que lo hacías antes. De hecho, no solamente te cambia la percepción: cambia todo tu ADN, te transformas de manera total. La consciencia aumenta y con ella la intolerancia hacia cosas que antes eran aceptadas.

Últimamente parece que esto es una constante y me encuentro situaciones que, al pensarlas, me llevan a un estado emocional alterado. Conscientemente te das cuenta que ya no eres la misma persona y tienes la sensación que, como si se tratase de un videojuego, subes de nivel.

El otro día, paseando por la calle, oí de repente unos gritos de una chica que estaba increpando a un hombre que le había tocado un pecho. Lo indignante de la situación , más allá del hecho (que merece todo un post), no fue que el hombre se quedara parado delante de la chica de manera desafiante; lo indignante fue que nadie fue capaz de apoyar a esa chica, sino que se llenó de curiosos a su alrededor.

La mirada de la gente que miraba me llevó a reflexionar sobre el papel de las personas que son referentes respecto a las formas de mirar. Fui consciente de la importancia que tenemos como personas que acompañamos  y lo influyentes que somos para que los otros puedan mirar y ver de una manera diferente.

Toda persona educadora es un “rompevendas”, cada una aporta desde su vivencia una mirada, una perspectiva y un posicionamiento sobre la realidad para que el mundo tenga otra visión. Pero no solamente se centra en la forma de mirar, si no  también en la visión crítica que hace cuestionarse la realidad y reaccionar delante de ella.

Tenemos un gran peso y responsabilidad como personas que acompañamos y más cuando lo hacemos con adolescentes. Las vendas se pueden quitar, pero el mirar se tiene que aprender, ya que la mirada cambia el mundo, a las personas que tenemos alrededor y sobretodo, lo transforma a uno mismo.

Roberto Pescador és educador i tècnic de joventut