Rizom

Hablamos mucho del concepto “acompañar”, que implica estar a lado del otro caminando para que se sienta capacitado y empoderado en sus propias decisiones y en sus momentos vitales. Este concepto implica un estar de una manera determinada e implica una presencia no intrusiva ni perturbadora. Hasta ahí todo queda claro.

Pero, ¿qué pasa cuando la otra persona está un momento que reclama el ser acompañada, querida, escuchada,… y como persona referente no se sabe como afrontarlo?

Tras reflexionar y analizar la práctica te das cuenta que muchas veces, cuando hay una demanda tan específica, nos suele invadir la ansiedad y por lo tanto parece que tenemos que dar una respuesta rápida y eficaz. Esta ansiedad viene relacionada con la vinculación bilateral que tenemos como profesionales y con la parte emocional de la relación educativa, que muchas veces parece una relación profesional, pero que al poner una parte de tu ser se impregna de emociones.

Desde la perspectiva de personas que acompañamos, la realidad es que debemos reconocer nuestra propia vulnerabilidad y limitaciones. Esto implica la honestidad de ponerse delante del otro y buscar una alternativa real y considerable que le dé respuesta o le acompañe en el momento vital.

Acompañar también es no saber hacer, no saber cómo actuar y activar mecanismos de resolución para poder encontrar alternativas desde el no saber.